jueves, 19 de octubre de 2017

Port Angels

Disclaimer: Los libros aquí transcriptos, así como sus personajes pertenecen a Stephenie Meyer, yo solo tengo derecho sobre el fanfic, hecho sin ánimos de lucro, solo por mero entretenimiento.





Jessica conducía aún más deprisa que Charlie, por lo que estuvimos en Port Angels a eso de las cuatro. Hacía bastante tiempo que no había tenido una salida nocturna sólo de chicas; el subidón del estrógeno resultó vigorizante. Escuchamos canciones de rock mientras Jessica hablaba sobre los chicos con los que solíamos estar. Su cena con Mike había ido muy bien y esperaba que el sábado por la noche hubieran progresado hasta llegar a la etapa del primer beso. Sonreí para mis adentros, complacida. Ángela estaba feliz de asistir al baile aunque en realidad no le interesaba Eric. Jess intentó hacerle confesar cuál era su tipo de chico, pero la interrumpí con una pregunta sobre vestidos poco después, para distraerla. Ángela me dedicó una mirada de agradecimiento.
Port Angels era una hermosa trampa para turistas, mucho más elegante y encantadora que Forks, pero Jessica y Ángela la conocían bien, por lo que no planeaban desperdiciar el tiempo en el pintoresco paseo marítimo cerca de la bahía. Jessica condujo directamente hasta una de las grandes tiendas de la ciudad, situada a unas pocas calles del área turística de la bahía.
Se había anunciado que el baile sería de media etiqueta y ninguna de nosotras sabía con exactitud qué significaba aquello. Jessica y Ángela parecieron sorprendidas y casi no se lo creyeron cuando les dije que nunca había ido a ningún baile en Phoenix.
– ¿Ni siquiera has tenido un novio ni nada por el estilo? –me preguntó Jess dubitativa mientras cruzábamos las puertas frontales de la tienda.
–De verdad –intentaba convencerla sin querer confesar mis problemas con el baile–. Nunca he tenido un novio ni nada que se le parezca. No salía mucho en Phoenix.
– ¿Por qué no? –quiso saber Jessica.
–Nadie me lo pidió –respondí con franqueza.
Parecía escéptica.
–Aquí te lo han pedido –me recordó–, y te has negado.
En ese momento estábamos en la sección de ropa juvenil, examinando las perchas con vestidos de gala.
–Bueno, excepto por Tyler –me corrigió Ángela con voz suave.
– ¿Perdón? –me quedé boca abierta–. ¿Qué dices?
–Tyler le ha dicho a todo el mundo que te va a llevar al baile de promoción –me informó Jessica con suspicacia.
– ¿Qué dice el qué?
Parecía que me estaba ahogando.
–Te dije que no era cierto –susurró Ángela a Jessica.
Permanecí callada, aún en estado de shock, que rápidamente se convirtió en irritación. Pero ya habíamos encontrado la sección de vestidos y ahora teníamos trabajo por delante.
–Por eso no le caes bien a Lauren –comentó entre risitas Jessica mientras toqueteábamos la ropa.
Me rechinaron los dientes.
– ¿Crees que Tyler dejaría de sentirse culpable si lo atropellara con el monovolumen, que eso le haría perder el interés en disculparse y quedaríamos en paz?
–Puede –Jess se rió con disimulo–, si es que lo está haciendo por ese motivo.
La elección de los vestidos no fue larga, pero ambas encontraron unos cuantos que probarse. Me senté en una silla baja dentro del probador, junto a los tres paneles del espejo, intentando controlar mi rabia.
Jess se mostraba indecisa entre dos. Uno era un modelo sencillo, largo y sin tirantes; el otro, un vestido de color azul, con tirantes finos, que le llegaba hasta la rodilla. Ángela eligió un vestido color rosa claro cuyos pliegues realzaban su alta figura y resaltaban los tonos dorados de su pelo castaño claro. Las felicité a ambas con profusión y las ayudé a colocar en las perchas los modelos descartados.
Nos dirigimos a por los zapatos y otros complementos. Me limité a observar y criticar mientras ellas se probaban varios pares, porque, aunque necesitaba unos zapatos nuevos, no estaba de humor para comprarme nada. La tarde noche de chicas siguió a la estela de mi enfado con Tyler, que poco a poco fue dejando espacio a la melancolía.
– ¿Ángela? –comencé titubeante mientras ella intentaba calzarse un par de zapatos rosas con tacones y tiras. Estaba alborozada de tener una cita con un chico lo bastante alto como para poder llevar tacones. Jessica se había dirigido hacia el mostrador de la joyería y estábamos las dos solas.
Extendió la pierna y torció el tobillo para conseguir la mejor vista posible del zapato.
Me acobardé y dije:
–Me gustan.
–Creo que me los voy a llevar, aunque solo van a hacer juego con este vestido –musitó.
–Venga, adelante. Están en venta –la animé.
Ella sonrió mientras volvía a colocar la tapa de una caja que contenía unos zapatos de color blanco y aspecto más práctico. Lo intenté otra vez.
–Esto… Ángela… –la aludida alzó los ojos con curiosidad.
– ¿Es normal que los Cullen falten mucho a clase?
Mantuvo los ojos fijos en los zapatos. Fracasé miserablemente en mi intento de parecer indiferente.
–Sí, cuando el tiempo es bueno agarran las mochilas y se van de excusión varios días, incluso el doctor –me contestó en voz baja y sin dejar de mirar los zapatos–. Les encanta vivir al aire libre.
No me formuló ni una pregunta en lugar de las miles que hubiera provocado la mía en los labios de Jessica. Ángela estaba empezando a caerme realmente bien.
–Vaya.
Zanjé el tema cuando Jessica regresó para mostrarnos un diamante de imitación que había encontrado en la joyería a juego con sus zapatos plateados.
Habíamos planeado ir a cenar a un pequeño restaurante italiano junto al paseo marítimo, pero la compra de la ropa nos había llevado menos tiempo del esperado. Jess y Ángela fueron a dejar las compras en el coche y entonces bajamos dando un paseo hacia la bahía. Les dije que me reuniría con ellas en el restaurante en una hora, ya que quería buscar una librería. Ambas se mostraron deseosas de acompañarme, pero las animé a que se divirtieran. Ignoraban lo mucho que me podía abstraer cuando estaba rodeada de libros, era algo que prefería hacer sola. Se alejaron del coche charlando animadamente y yo me encaminé en la dirección indicada por Jess.
No hubo problema en encontrar la librería, pero no tenían lo que buscaba. Los escaparates estaban llenos de vasos de cristal, atrapa-sueños y libros sobre sanación espiritual. Ni siquiera entré. Desde fuera vi a una mujer de cincuenta años con una melena gris que le caía sobre la espalda. Lucía un vestido de los años sesenta y sonreía cordialmente detrás del mostrador. Decidí que era una conversación que me podía evitar. Tenía que haber una librería normal en la ciudad.
Anduve entre las calles, llenas por el tráfico propio del final de la jornada laboral, con la esperanza de dirigirme hacia el centro. Caminaba sin saber a dónde iba porque luchaba contra la desesperación, intentaba no pensar en ella con todas mis fuerzas y, por encima de todo, pretendía acabar con mis esperanzas para el viaje del sábado, temiendo una decepción aún más dolorosa que el resto. Cuando alcé los ojos y vi un Volvo plateado aparcado en la calle todo se me vino encima. Vampira estúpida y voluble, pensé.
Avancé pisando fuerte en dirección sur, hacia algunas tiendas de escaparates de apariencia prometedora, pero cuando llegue al lugar, sólo se trataba de un establecimiento de reparaciones y otro que estaba desocupado. Aún me quedaba mucho tiempo para ir en busca de Jess y Ángela, y necesitaba recuperar el ánimo antes de reunirme con ellas. Después de cincharme el cabello un par de veces al tiempo que suspiraba profundamente, continué para doblar la esquina.
Al cruzar otra calle comencé a darme cuenta de que iba en la dirección equivocada. Los pocos viandantes que había visto se dirigían hacia el norte y la mayoría de los edificios de la zona parecían almacenes. Decidí dirigirme al este en la siguiente esquina y luego dar la vuelta detrás de unos bloques de edificios para probar suerte en otra calle y regresar al paseo marítimo.
Un grupo de cuatro hombres doblaron la esquina a la que me dirigía. Yo vestía de manera demasiado informal para ser alguien que volvía a casa después de la oficina, pero ellos iban demasiados sucios para ser turistas. Me percaté de que no debían de tener muchos más años que yo conforme se fueron aproximando. Iban bromeando entre ellos en voz alta, riéndose escandalosamente y dándose codazos unos a otros. Salí huyendo lo más lejos posible de la parte interior de la acera para dejarles vía libre, caminé rápidamente mirando hacia la esquina, detrás de ellos.
– ¡Hey, ahí! –dijo uno al pasar.
Debía de estar refiriéndose a mí, ya que no había nadie más por los alrededores. Alcé la vista de inmediato. Dos de ellos se habían detenido y los otros habían disminuido el paso. El más próximo, un tipo corpulento, de cabello oscuro y poco más de veinte años, era el que parecía haber hablado. Llevaba una camiseta de franela abierta sobre una camiseta sucia, unos vaqueros con desgarrones y sandalias. Avanzó medio paso hacia mí.
– ¡Pero bueno! –murmuré de forma instintiva.
Entonces desvié la vista y caminé más rápido hacia la esquina. Les podía oír reírse estrepitosamente detrás de mí.
– ¡Hey, espera! –gritó uno de ellos a mis espaldas, pero mantuve la cabeza gacha y doblé la esquina con un suspiro de alivio. Aún les oía reírse ahogadamente a mis espaldas.
Me encontré andando sobre una acera que pasaba junto a la parte posterior de varios almacenes de colores sombríos, cada uno con grandes puertas en saliente para descargar camiones, cerradas con candados durante la noche. La parte sur de la calle carecía de acera, consistía en una cerca de malla metálica rematada en alambre de púas por la parte superior con el fin de proteger algún tipo de piezas mecánicas en un patio de almacenaje. En mi vagabundeo había pasado de largo por la parte de Port Angels que tenía intención de ver como turista. Descubrí que anochecía cuando las nubes regresaron, arracimándose en el horizonte de poniente, creando un ocaso prematuro. Al oeste, el cielo seguía siendo claro, pero rasgado por rayas naranjas y rosáceas, comenzaba a agrisarse. Me había dejado la chaqueta en el coche y un repentino escalofrío hizo que me abrazara con fuerza el torso. Una única furgoneta pasó a mi lado y luego la carretera quedó vacía.
De repente, el cielo se oscureció más y al mirar por encima del hombro para localizar a la nube causante de esa penumbra, me asusté al darme cuenta de que dos hombres me seguían sigilosamente a seis metros.
Formaban parte del mismo grupo que había dejado atrás en la esquina, aunque ninguno de los dos era el moreno que se había dirigido a mí. De inmediato, miré hacia adelante y aceleré el paso. Un escalofrío que nada tenía que ver con el tiempo me recorrió la espalda. Llevaba el bolso en el hombro, colgando de la correa cruzada alrededor del pecho, como se suponía que tenía que llevarlo para evitar que me lo quitaran de un tirón. Sabía exactamente dónde estaba mi aerosol de autodefensa, en el talego de debajo de la cama que nunca había llegado a desempaquetar. No llevaba mucho dinero encima, solo veintitantos dólares, pero pensé en arrojar «accidentalmente» el bolso y alejarme andado. Más una vocecita asustada en el fondo de mi mente me previno que podrían ser algo peor que ladrones.
Escuché con atención los silenciosos pasos, mucho más si se los comparaba con el bullicio que estaban armando antes. No parecía que estuvieran apretando el paso ni que se encontraran más cerca.
«Respira», tuve que recordarme. «No sabes si te están siguiendo».
Continué andando lo más deprisa posible sin llegar a correr, concentrándome en el giro que había a mano derecha, a pocos metros. Podía oírlos a la misma distancia a la que se encontraban antes. Procedente de la parte sur de la ciudad, un coche azul giró en la calle y pasó velozmente a mi lado. Pensé en plantarme de un salto delante de él, pero dudé, inhibida al no saber si realmente me seguían y entonces fue demasiado tarde.
Llegué a la esquina, pero una rápida ojeada me mostró un callejón sin salida que daba a la parte posterior de otro edificio. En previsión, ya me había dado media vuelta. Debía rectificar a toda prisa, cruzar como un bólido el estrecho paseo y volver a la acera. La calle finalizaba en la próxima esquina, donde había una señal de stop. Me concentré en los débiles pasos que me seguían mientras decidía si echar a correr o no. Sonaban un poco más lejanos, aunque sabía que, en cualquier caso, me podían alcanzar si corrían. Estaba segura de que tropezaría y me caería de ir más deprisa. Las pisadas sonaban más lejos, sin duda, y por eso me arriesgué a echar una ojeada rápida por encima del hombro. Vi con alivio que ahora estaban a doce metros de mí, pero ambos me miraban fijamente.
El tiempo que me costó llegar a la esquina se me antojó una eternidad. Mantuve un ritmo vivo, hasta el punto de rezagarlos un poco más con cada paso que daba. Quizás hubieran comprendido que me habían asustado y lo lamentaban. Vi cruzar la intersección a dos automóviles que se dirigieron hacia el norte. Estaba a punto de llegar, y suspiré aliviada. En cuanto hubiera dejado aquella calle desierta habría más personas a mí alrededor. En un momento doblé la esquina con un suspiro de agradecimiento.
Y me deslicé hasta el stop.
A ambos lados de la calle se alineaban unos muros blancos sin ventanas. A lo lejos podía ver dos intersecciones, farolas, automóviles y más peatones, pero todos ellos estaban demasiado lejos, ya que los otros dos hombres del grupo estaban en mitad de la calle, apoyados contra un edificio situado al oeste, mirándome con unas sonrisas de excitación que me dejaron petrificada en la acera. Súbitamente comprendí que no me habían estado siguiendo.
Me habían estado conduciendo como al ganado.
Me detuve por unos breves instantes, aunque me pareció mucho tiempo. Di media vuelta y me lancé como una flecha hacía el otro lado de la acera. Tuve la funesta premonición de que era un intento estéril. Las pisadas que me seguían se oían más fuertes.
– ¡Ahí está!
La voz atronadora del tipo rechoncho de pelo negro rompió la intensa quietud y me hizo saltar. En la creciente oscuridad parecía que iba a pasar de largo.
– ¡Sí! –Gritó una voz a mis espaldas, haciéndome dar otro salto mientras intentaba correr calle abajo–. Apenas nos hemos desviado.
Ahora debía andar despacio. Estaba acortando con demasiada rapidez la distancia respecto a los dos que esperaban apoyados en la pared. Era capaz de chillar con mucha potencia e inspiré aire, preparándome para preferir un grito, pero tenía la garganta demasiado seca para estar segura del volumen que podría generar. Con un rápido movimiento deslicé el bolso por encima de la cabeza y aferré la correa con una mano, lista para dárselo o usarlo como arma, según lo dictasen las circunstancias.
El gordo, ya lejos del muro, se encogió de hombros cuando me detuve con cautela y caminó lentamente por la calle.
–Apártese de mí –le previne con voz que se suponía debía sonar fuerte y sin miedo, pero tenía razón en lo de la garganta seca, y salió… sin volumen.
–No seas así, ricura –gritó, y una risa ronca estalló detrás de mí.
Separé los pies, me aseguré en el suelo e intenté recordar, a pesar dl pánico, lo poco de autodefensa que sabía. La base de la mano hacia arriba para romperle la nariz, con suerte, o incrustándosela en el cerebro. Introducir los dedos en la cuenca del ojo, intentando engancharlos alrededor del hueso para sacarle el ojo. Y el habitual rodillazo en la ingle, por supuesto. Esa misma vocecita pesimista habló de nuevo para recordarme que probablemente no tendría ninguna oportunidad contra uno, y eran cuatro.
« ¡Cállate!», le ordené a la voz antes de que el pánico me incapacitara. No iba a caer sin llevarme a alguno conmigo. Intenté tragar saliva para ser capaz de preferir un grito aceptable.
Súbitamente, unos faros aparecieron a la vuelta de la esquina. El coche casi atropelló al gordo, obligándole a retroceder hacia la acera de un salto. Me lancé al medio de la carretera. Ese auto iba a pararse o tendría que atropellarme, pero, de forma totalmente inesperada, el coche plateado derrapó hasta detenerse con la puerta del copiloto abierta a menos de un metro.
–Entra –siseó una voz furiosa.
Me lancé al interior del Volvo sin tan siquiera preguntarme cómo había llegado Edythe hasta allí. Fue sorprendente cómo ese miedo asfixiante se desvaneció al momento, y sorprendente también la repentina sensación de seguridad que me invadió, incluso antes de abandonar la calle, en cuanto oí su voz.
El interior del coche estaba a oscuras, la puerta abierta no había proyectado ninguna luz, por lo que a duras penas conseguí verle el rostro gracias a las luces del salpicadero. Los neumáticos chirriaron cuando rápidamente aceleró y vio un volantazo que hizo girar el vehículo hacia los atónitos hombres de la calle antes de dirigirse al norte de la ciudad en dirección al puerto.
–Ponte el cinturón de seguridad –me ordenó; entonces comprendí que me estaba aferrando al asiento con las dos manos.
Le obedecí rápidamente. El chasquido al enganchar el cinturón sonó con fuerza en la penumbra. Se desvió a la izquierda para avanzar a toda velocidad, saltándose varias señales de stop sin detenerse.
Pero me sentía totalmente segura y, por el momento, daba igual adonde fuéramos. La miré con profundo alivio, un alivio que iba más allá de mi repentina liberación. Estudié las facciones perfectas del rostro de Edythe a la escasa luz del salpicadero, esperando recuperar el aliento, hasta que me pareció que su expresión reflejaba una ira homicida.
– ¿Estás enfadada conmigo? –le pregunté, sorprendida de lo ronca que sonó mi voz.
–No –respondió tajante, pero su tono era de furia.
Me quedé en silencio, contemplando su cara mientras ella miraba al frente con unos ojos rojos como las brasas, hasta que el coche se detuvo de repente. Miré alrededor, pero estaba demasiado oscuro para ver otra cosa que no fuera la vaga silueta de los árboles en la cuneta de la carretera. Ya no estábamos en la ciudad.
– ¿Bella? –preguntó con voz tensa y mesurada.
– ¿Sí?
Mi voz aún sonaba ronca. Intenté aclararme la garganta en silencio.
– ¿Estás bien?
Aún no me había mirado, pero la rabia de su cara era evidente.
–Sí –contesté con voz ronca.
–Distráeme, por favor –ordenó.
–Perdona, ¿qué?
Estuvo a punto de sonreír, pero sus ojos no cambiaron de expresión.
–Igual te sorprende, Bella, pero tengo un poco de mal genio. A veces no me resulta fácil perdonar cuando alguien... –hizo una pausa antes de suspirar impaciente–. Solo limítate a charlar de cualquier cosa insustancial hasta que me calme –continuó mientras cerraba los ojos y se pellizcaba el puente de la nariz con los dedos pulgar e índice.
–Eh... –me estrujé los sesos en busca de alguna trivialidad–. Mañana antes de clase voy a atropellar a Tyler Crowley.
Edythe se giró hacia mí y levanto una ceja, curvando la comisura de los labios a penas de forma perceptible.
– ¿Y eso por qué?
–Va diciendo por ahí que me va a llevar al baile de promoción... O está loco o intenta hacerme olvidar que casi me mata cuando... Bueno, tú lo recuerdas, y cree que la promoción es la forma adecuada de hacerlo. Estaremos en paz si pongo en peligro su vida y ya no podrá seguir intentando enmendarlo. Aunque también podría destrozarle el Sentra. No podrá llevar a nadie al baile de fin de curso si no tiene coche... –proseguí.
–Estaba enterada de ese rumor –dijo sonando más sosegada.
– ¿Sí? –pregunté incrédula; mi irritación previa se enardeció–. Si está paralítico del cuello para abajo, tampoco podrá ir al baile de fin de curso –musité, refinando mi plan.
Edythe suspiró y volvió su vista al frente.
– ¿Te encuentras mejor?
–En realidad, no.
Esperé, pero no volvió a hablar. Reclinó la cabeza contra el asiento y miró el techo del Volvo. Tenía el rostro rígido. Miré el reloj del salpicadero, que marcaba las seis y media pasadas.
–Jessica y Ángela se van a preocupar –murmuré con un hilo de voz–. Iba a reunirme con ellas.
Arrancó el motor sin decir nada más, girando con suavidad y regresando rápidamente hacia la ciudad. Siguió conduciendo a gran velocidad cuando estuvimos bajo las lámparas, sorteando con facilidad los vehículos más lentos que cruzaban el paseo marítimo. Aparcó en paralelo al bordillo en un espacio que yo habría considerado demasiado pequeño para el Volvo, pero ella lo encajó sin esfuerzo al primer intento. Miré por la ventana en busca de las luces de la Bella Italia. Jess y Ángela acababan de salir y se alejaban caminando con rapidez.
– ¿Cómo sabías dónde...? –comencé, pero luego me limité a sacudir la cabeza.
–Retenlas antes de que deba ir a buscarlas a ellas también. Dudo que pudiera volver a contenerme si tropiezo otra vez con tus amigos.
Era extraña la manera en que su sedosa voz resultaba ser tan... amenazadora.
Me peleé con el cinturón de seguridad y me apresuré a salir del coche. Ella me siguió
– ¡Jess, Ángela! –les grité, saludando con el brazo cuando se volvieron. Se apresuraron a regresar. El manifiesto alivio de sus rostros se convirtió en sorpresa cuando vieron quién estaba a mi lado. A unos metros de nosotras, vacilaron.
– ¿Dónde has estado? –preguntó Jessica con suspicacia.
–Me perdí –admití con timidez–, y luego me encontré con Edythe.
La señalé con un gesto.
– ¿Les importaría que me uniera a ustedes? –preguntó con voz sedosa e irresistible. Por sus rostros estupefactos supe que ella nunca antes había empleado a fondo sus talentos con ellas.
–Eh, sí, claro –musitó Jessica.
–De hecho –confesó Ángela–, Bella, lo cierto es que ya hemos cenado mientras te esperábamos... Perdona.
–No pasa nada –me encogí de hombros–. No tengo hambre.
–Creo que deberías comer algo –intervino Edythe en voz baja, pero autoritaria. Buscó a Jessica con la mirada y le habló un poco más alto–: ¿Les importa que lleve a Bella a casa esta noche? Así, no tendrán que esperar mientras cena.
–Eh, supongo que no... hay problema...
Jess se mordió el labio en un intento de deducir por mi expresión si era eso lo que yo quería. Le guiñé un ojo. Nada deseaba más que estar a solas con mi perpetuo salvador. Había tantas preguntas con las que no le podía bombardear mientras no estuviéramos solos...
–De acuerdo –Ángela fue más rápida que Jessica–. Los vemos mañana, Bella, Edythe...
Tomó la mano de Jessica y la arrastró hacia el coche, que pude ver un poco más lejos, aparcado en First Street. Cuando entraron, Jess se volvió y me saludó con la mano. Por su rostro supe que se moría de curiosidad. Le devolví el saludo y esperé a que se alejaran antes de volverme hacia Edythe.
–De verdad, no tengo hambre –insistí mientras alzaba la mirada para estudiar su rostro. Sonrió levemente. Se dirigió hasta la puerta y la mantuvo abierta con gesto obstinado. Evidentemente, no había discusión posible. Pasé a su lado y entré con un suspiro de resignación.
Era temporada baja para el turismo en Port Angels, por lo que el restaurante no estaba lleno. El anfitrión era un muchacho meticulosamente vestido, no mucho mayor que yo pero si más alto. Sus ojos respondieron al ver a Edythe, sobresaliendo un segundo de sus cuencas antes de poder recuperar el control de su expresión. Luego le obsequió su sonrisa más encantadora y una ridícula reverencia, todo dedicado en su honor. Estaba bastante segura de que ni siquiera se había dado cuenta de que yo estaba a su lado.
– ¿En qué puedo ayudarles? –preguntó al tiempo que se incorporaba, aun mirándola solo a ella.
–Una mesa para dos, por favor.
Por primera vez desde que habíamos entrado, pareció percatarse de mi presencia. La mirada que me dedicó fue fugaz y despectiva. Sus ojos volvieron a posarse en ella inmediatamente, aunque la verdad es que no podía culparle por ello.
–Por supuesto.
Nos condujo a una gran mesa para cuatro en el centro de la zona más concurrida del comedor.
Estaba a punto de sentarme cuando Edythe me indicó lo contrario con la cabeza.
– ¿Tiene, tal vez, algo más privado? –insistió con voz suave al anfitrión. No estaba segura, pero me pareció que le entregaba discretamente una propina. No había visto a nadie rechazar una mesa salvo en las viejas películas.
–Naturalmente –parecía tan sorprendido como yo. Se giró y nos condujo alrededor de una mampara hasta llegar a una sala de reservados–. ¿Algo como esto?
–Perfecto –respondió, y desplegó toda su sonrisa frente a él.
Como un ciervo deslumbrado por los faros de un coche, el anfitrión se quedó paralizado durante un segundo entero, y luego se dio media vuelta y se dirigió con paso tambaleante hacia la puerta, con los menús bajo el brazo.
–De veras, no deberías hacerle eso a la gente –critiqué–. Es muy poco cortés.
– ¿Hacer qué?
–Deslumbrarlo... Probablemente, ahora está en la cocina hiperventilando.
Pareció confusa.
–Oh, vamos –le dije un poco dubitativa–. Tienes que saber el efecto que produces en los demás.
Ladeó la cabeza con los ojos llenos de curiosidad.
– ¿Los deslumbro?
– ¿No te has dado cuenta? ¿Crees que todos ceden con tanta facilidad?
Ignoró mis preguntas.
– ¿Te deslumbro a ti?
–Con frecuencia –admití
Entonces llegó el camarero, con un rostro expectante que no tardó en convertirse en asombro. Fuera lo que fuera que hubiera dicho el anfitrión, se había quedado claramente corto.
–Hola –dijo, y la sorpresa hizo que su voz se tornara monótona mientras recitaba mecánicamente su cantinela–. Me llamo Sal y voy a atenderles esta noche. ¿Qué les pongo de beber?
Al igual que había ocurrido con el anfitrión, los ojos del camarero no se apartaban del rostro de Edythe.
– ¿Bella? –inquirió ella.
–Voy a tomar una Coca-Cola.
Podría no haber hablado, perfectamente. El camarero, sencillamente, se quedó mirando a Edythe. Ella me dedicó una sonrisa antes de volverse hacia él.
–Dos –le dijo.
–Enseguida las traigo –le aseguró con una sonrisa innecesaria, pero ella no lo vio, porque me miraba a mí.
– ¿Qué pasa? –le pregunté cuando se fue el camarero. Tenía la mirada fija en mi rostro.
– ¿Cómo te sientes?
–Estoy bien –contesté, sorprendida por la intensidad.
– ¿No tienes mareos, ni frío, ni malestar...?
– ¿Debería?
Se rió entre dientes ante la perplejidad de mi respuesta.
–Bueno, de hecho esperaba que entraras en estado de shock.
Su rostro se contrajo al esbozar aquella sonrisa de picardía.
–Dudo que eso vaya a suceder –respondí después de tomar aliento–. Siempre se me ha dado muy bien reprimir las cosas desagradables.
–Da igual, me sentiré mejor cuando hayas tomado algo de glucosa y comida.
El camarero apareció con nuestras bebidas y una cesta de colines en ese preciso momento. Permaneció de espaldas a mí mientras las colocaba sobre la mesa.
– ¿Han decidido qué van a pedir? –preguntó a Edythe.
– ¿Bella? –inquirió ella.
–Eh... Tomaré el ravioli de setas.
Podría no haber hablado perfectamente. El camarero, sencillamente, se quedó mirando a Edythe.
– ¿Y usted?
Ella me dedicó una sonrisa antes de volverse hacia él.
–Nada para mí –contestó.
No, por supuesto que no.
–Si cambia de opinión, hágamelo saber.
La sonrisa coqueta seguía ahí, pero ella no lo miraba y el camarero se marchó descontento.
–Bebe –me ordenó.
Al principio, di unos sorbitos a mi refresco obedientemente; luego, bebí tragos más largos, sorprendida de la sed que tenía. Comprendí que me la había terminado toda cuando Edythe empujó su vaso hacia mí.
–Gracias –murmuré aun sedienta.
El frío del refresco se extendió por mi pecho y me estremecí.
– ¿Tienes frio?
–Es solo la Coca-Cola –le expliqué mientras volvía a estremecerme.
– ¿No tienes una chaqueta? –me reprocho.
–Si –mire a la vacía silla contigua y caí en la cuenta–. Vaya, me la olvide en el coche de Jessica.
Edythe se quitó la suya. No podía apartar los ojos de su rostro simplemente. Me concentre para obligarme a hacerlo en ese momento. Se estaba quitando su chaqueta de cuero beige de la cual llevaba un suéter de cuello vuelto que se ajustaba muy bien, resaltando las curvas de su cuerpo.
Me entregó su chaqueta y me interrumpió mientras me la comía con los ojos.
–Gracias –dije nuevamente mientras deslizaba los brazos en su chaqueta.
La prenda estaba helada, igual que cuando me ponía mi ropa a primera hora de la mañana, colgada en el vestíbulo, en el que hay mucha corriente de aire. Tirite otra vez. Tenía un olor asombroso. Lo olisquee en un intento de identificar aquel delicioso aroma, que no se parecía a ningún perfume. Las mangas me quedaban un poco largas, por lo que las doble una vez para tener libres las manos.
–Tu piel tiene un aspecto encantador con ese color azul –observo mientras me miraba. Me sorprendió y baje la vista, sonrojada, por supuesto.
Empujo la cesta con los colines hacia mí.
–No voy a entrar en estado de shock, de verdad –proteste.
–Pues deberías, una persona normal lo haría y tú ni siquiera pareces alterada.
Daba la impresión de estar desconcertada. Me miro a los ojos y vi que los suyos eran claros, más claros de lo que anteriormente los había visto, de ese tono dorado que tiene el sirope de caramelo.
–Me siento segura contigo –confesé, impelida a decir de nuevo la verdad.
Aquello le desagrado y frunció su frente de alabastro. Ceñuda, sacudió la cabeza y murmuro para sí:
–Esto es más complicado de lo que pensaba.
Tome un colín y comencé a mordisquearlo por un extremo, evaluando su expresión. Me pregunte cuando seria el momento oportuno para empezar a interrogarla.
–Normalmente estas de mejor humor cuando tus ojos brillan –comente, intentando distraerle de cualquiera que fuera el pensamiento que la había dejado triste y sombría.
Atónita me miro.
– ¿Que?
–Estas de malhumor cuando tienes los ojos negros. Entonces, me lo veo venir –continúe–. Tengo una teoría al respecto.
Entrecerró los ojos y dijo:
– ¿Más teorías?
–Aja.
Mastique un colín al tiempo que intentaba parecer indiferente.
–Espero que esta vez seas más creativa, ¿o sigues tomando ideas de los tebeos?
La imperceptible sonrisa era burlona, pero la mirada se mantuvo severa.
–Bueno, no. No la he sacado de un tebeo, pero tampoco me la he inventado –confesé.
– ¿Y? –me incito a seguir, pero en ese momento el camarero apareció detrás de la mampara con mi comida.
Me di cuenta de que, inconscientemente, nos habíamos ido inclinado cada vez más cerca una de la otra, ya que ambas nos erguimos cuando se aproximó. Dejo el plato delante de mí -tenía buena pinta- y rápidamente se volvió hacia Edythe para preguntarle:
– ¿Ha cambiado de idea? ¿No hay nada que le pueda ofrecer?
Capte el doble significado de sus palabras.
–No, gracias, pero estaría bien que nos trajera algo más de beber.
Ella señalo los vasos vacíos que yo tenía delante con su delicada mano blanca.
–Claro.
Quitó los vasos vacíos y se marchó.
– ¿Qué decías?
–Te lo diré en el coche. Si… –hice una pausa.
– ¿Hay condiciones?
Su voz sonó ominosa. Enarcó una ceja.
–Tengo unas cuantas preguntas, por supuesto.
–Por supuesto.
El camarero regresó con dos vasos de Coca-Cola. Los dejó sobre la mesa sin decir nada y se marchó de nuevo. Tomé un sorbito.
–Bueno, adelante –me instó, aún con voz dura.
Comencé por la pregunta menos exigente. O eso creía.
– ¿Por qué estás en Port Angels?
Bajó la vista y cruzó cuidadosamente las manos sobre la mesa frente a ella, para luego mirarme a través de las pestañas mientras aparecía en su rostro el indicio de una sonrisa.
–Siguiente pregunta.
–Pero ésa es la más fácil –objeté.
–La siguiente –repitió.
Frustrada bajé los ojos. Moví los platos, tomé el tenedor, pinché con cuidado un ravioli y me lo llevé a la boca con deliberada lentitud, pensando al tiempo que masticaba. Las setas estaban muy ricas. Tragué y bebí otro sorbo de mi refresco antes de levantar la vista.
–En tal caso, de acuerdo –la miré y proseguí lentamente–. Supongamos que, hipotéticamente, alguien es capaz de… saber qué piensa la gente, de leer sus mentes, ya sabes, salvo unas cuantas excepciones.
–Solo una excepción –me corrigió–, hipotéticamente.
–De acuerdo entonces, una sola excepción.
Me estremecí cuando me siguió el juego, pero intenté parecer despreocupada.
– ¿Cómo funciona? ¿Qué limitaciones tiene? ¿Cómo podría ese alguien… encontrar a otra persona en el momento adecuado? ¿Cómo sabría que ella está en un apuro?
– ¿Hipotéticamente?
–Claro.
–Bueno, si… ese alguien…
–Supongamos que se llama Joe –sugerí.
Esbozó una sonrisa seca.
–En ese caso, Joe. Si Joe hubiera estado atento, la sincronización no tendría por qué haber sido tan exacta –negó con la cabeza y puso los ojos en blanco–. Sólo tú podrías meterte en líos en un sitio tan pequeño. Destrozarías las estadísticas de delincuencia para una década, ya sabes.
–Estamos hablando de un caso hipotético –le recordé con frialdad.
–Sí, cierto –aceptó–. ¿Qué tal si la llamamos Jane?
– ¿Cómo lo supiste? –pregunté, incapaz de refrenar mi ansiedad. Comprendí que volvía a inclinarme hacia ella.
Pareció titubear, dividida por algún dilema interno. Nuestras miradas se encontraron e intuí que en ese preciso instante estaba tomando la decisión de si decir o no la verdad.
–Puedes confiar en mí, ya lo sabes –murmuré.
Sin pensarlo, estiré el brazo para tocarle las manos cruzadas, pero Edythe las retiró levemente y yo hice lo propio con las mías.
–No sé si tengo otra alternativa –su voz era un susurro–. Me equivoqué. Eres mucho más observadora de lo que pensaba.
–Creí que siempre tenías razón.
–Así era –sacudió la cabeza otra vez–. Hay otra cosa en la que también me equivoqué contigo. No eres un imán para los accidentes… Esa no es una clasificación lo suficientemente extensa. Eres un imán para los problemas. Si hay algo peligroso en un radio de quince kilómetros, inexorablemente te encontrará.
– ¿Te incluyes en esa categoría?
–Sin ninguna duda.
Su rostro se volvió frío e inexpresivo. Volví a estirar la mano por la mesa, ignorando cuando ella retiró levemente la suyas, para tocar tímidamente el dorso de sus manos con las yemas de los dedos. Tenía la piel fría y dura como una piedra.
–Gracias –musité con ferviente gratitud–. Es la segunda vez.
Su rostro se suavizó.
–No dejarás que haya una tercera, ¿de acuerdo?
Fruncí el ceño, pero asentí con la cabeza. Apartó su manos de debajo de la mía y puso ambas sobre la mesa, pero se inclinó hacia mí.
–Te seguí a Port Angels –admitió, hablando muy deprisa–. Nunca antes había intentado mantener con vida a alguien en concreto, y es mucho más problemático de lo que creía, pero eso tal vez se deba a que se trata de ti. La gente normal parece capaz de pasar el día sin tantas catástrofes.
Hizo una pausa. Me pregunté si debía preocuparme el hecho de que me siguiera, pero en lugar de eso, sentí un extraño espasmo de satisfacción. Me miró fijamente, preguntándose tan vez por qué mis labios se curvaban en una involuntaria sonrisa.
– ¿Crees que me había llegado la hora la primera vez, cuando ocurrió lo de la furgoneta, y que has interferido en el destino? –especulé para distraerme.
–Esa no fue la primera vez –replicó con dureza. La miré sorprendida, pero ella miraba al suelo–. La primera vez fue cuando te conocí.
Sentí un escalofrío al oír sus palabras y recordar bruscamente la asesina mirada de sus ojos negros aquel primer día, pero lo ahogó la abrumadora sensación que sentía en presencia de Edythe.
– ¿Lo recuerdas? –inquirió con su rostro de ángel muy serio.
–Sí –respondí con serenidad.
–Y aun así estás aquí sentada –comentó con un deje de incredulidad en su voz y enarcó una ceja.
–Sí, estoy aquí… gracias a ti –me callé y luego le incité–. Porque de alguna manera has sabido encontrarme hoy.
Frunció los labios y me miró con los ojos entrecerrados mientras volvía a cavilar. Lanzó una mirada a mi plato, casi intacto y luego a mí.
–Tú comes y yo hablo –me propuso.
Rápidamente saqué del plato otro ravioli con el tenedor, lo hice estallar en mi boca y mastiqué de forma apresurada.
–Seguirte el rastro es más difícil de lo habitual. Normalmente puedo hallar a alguien con suma facilidad siempre que haya «oído» su mente antes –me miró con ansiedad y comprendí que me había quedado helada. Me obligué a tragar, pinché otro ravioli y me lo metí en la boca.
–Vigilaba a Jessica sin mucha atención… Como te dije, sólo tú puedes meterte en líos en Port Angels. Al principio no me di cuenta de que te habías ido por tu cuenta y luego, cuando comprendí que ya no estabas con ellas, fui a buscarte a la librería que vislumbré en la mente de Jessica. Te puedo decir que sé que no llegaste a entrar y que te dirigiste al sur. Sabía que tendrías que dar la vuelta pronto, por lo que me limité a esperarte, investigando al azar en los pensamientos de los viandantes para saber si alguno se había fijado en ti, y saber de ese modo dónde estabas. No tenía razones para preocuparme, pero estaba extrañamente ansiosa…
Se sumió en sus pensamientos, mirando fijamente a la nada, viendo cosas que yo no conseguía imaginar.
–Comencé a conducir en círculos, seguía alerta. El sol se puso al fin y estaba a punto de salir y seguirte a pie cuando… –enmudeció, rechinando los dientes con súbita ira. Se esforzó en calmarse.
– ¿Qué pasó entonces? –susurré.
Volvió a fijar la atención en mi rostro.
–Oí lo que pensaban, vi tu rostro en sus mentes y supe lo que querían hacerte.
–Pero llegaste a tiempo.
Inclinó la cabeza levemente.
–Resultó duro, no sabes cuánto, dejarlos… vivos. Te podía haber dejado ir con Jessica y Ángela, pero temía –admitió con un hilo de voz–que, si me dejabas sola, iría por ellos.
Permanecí sentada en silencio, confusa, llena de pensamientos incoherentes, con las manos cruzadas sobre el vientre y recostada lánguidamente contra el respaldo de la silla. Ella alzó la vista y sus ojos buscaron los míos, rebosando sus propios interrogantes.
– ¿Estás lista para ir a casa? –preguntó.
–Lo estoy para salir de aquí –precisé, inmensamente agradecida de que nos quedara una hora larga de coche antes de llegar a casa juntas. No estaba preparada para despedirme de ella.
El camarero apareció como si lo hubiera llamado, o estuviera observando.
– ¿Qué tal todo? –preguntó a Edythe.
–Dispuestas a pagar la cuenta, gracias.
Su voz era contenida pero irritada, aún reflejaba la tensión de nuestra conversación. Aquello pareció acallarlo. Edythe alzó la vista, aguardando.
–Claro –tartamudeó–. Aquí la tiene.
El camarero extrajo una carpetita de cuero del bolsillo delantero de su delantal negro y se la entregó.
Edythe ya sostenía un billete en la mano. Lo deslizó dentro de la carpetita y se la devolvió de inmediato.
–Quédese con el cambio.
Sonrió, se puso de pie y la imité con torpeza. Él volvió a dirigirle una sonrisa insinuante.
–Que tengan una buena noche.
Edythe no apartó los ojos de mí mientras le daba las gracias. Reprimí una sonrisa. Caminó muy cerca de mí, pero siguió poniendo mucho cuidado en no tocarme.
Una vez dentro del coche, arrancó y puso al máximo la calefacción. Había refrescado mucho y supuse que el buen tiempo se había terminado, aunque estaba bien caliente con su chaqueta, oliendo su aroma cuando creía que no me veía.
Se metió en el tráfico, aparentemente sin mirar, y fue esquivando coches en dirección a la autopista.
–Ahora –dijo con una sonrisa triste–, te toca a ti.





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